Autor: Apoyo online 4 enero 2010
Ninguna titulación me acredita, pero llevo tiempo estudiando el comportamiento de las personas, tanto en el ámbito psicosocial como individual. Me da la sensación de que nadie se escapa de cualquier tipo de trastorno psicológico o emocional. Por supuesto también me incluyo a mí mismo.
Todos, seguramente, hemos vivido traumas que se “malgraban” en nuestra memoria provocando, en situaciones posteriores, que actuemos de modo inusual. En los tiempos que vivimos y en las ciencias que estudiamos, la locura es una cuestión matemática, es decir, el tanto por ciento es lo que decide si una persona está cuerda o no. Por mi parte creo que hasta el más cuerdo debe tener algún trastorno. Necesito la opinión de algún experto en la materia y, si esto es así, cual podría ser la solución al problema.
Responde: Pablo Herreros.
Todos tenemos o hemos tenido problemas y acontecimientos que nos ha condicionado, pero éstos no han de determinar nuestro futuro. Influirlo sí, pero no manipularlo ni dirigirlo hacia senderos que no deseamos.
Toda reacción de un ser vivo es un comportamiento inteligente; incluso aquellas que no entendemos, lo son. Estos comportamientos consisten en adaptaciones mecánicas y respuestas aprendidas. Aunque son inconscientes en gran parte de los casos han sido de una gran utilidad para el sujeto. Incluso muchas conductas que son consideradas “patologías” tienen una función, y por tanto son inteligentes. Puede que ya no sean útiles por más tiempo pero seguro que lo han sido en algún momento del pasado. El desafío está en pasar al cambio consciente y encontrar nuevas estrategias de afrontar y de actuar que cumplan esas mismas funciones.
El conocimiento, incluso el científico, parte de una observación y reflexión sobre lo más cercano, incluyendo nosotros mismos. Jean Piaget estudió el desarrollo de sus hijos y Gregor Mendel los guisantes del claustro del monasterio en el que vivía porque no le dejaron usar ratones. Así que adelante con tus prácticas. Los títulos no están mal, pero son sólo papeles.
Un comentario en “Traumas y trastornos generalizados en la sociedad”
Dostoievski no tendría para un párrafo ni con todos mis traumas juntos…
«En su libro sobre el poder transformador que posee la cercanía de la muerte [Existential Psychotherapy, Nueva York, Basic Books, 1977], Irvin Yalom, un eminente psiquiatra de la Universidad de Stanford, cita una carta escrita por un senador poco después de que le diagnosticaran un cáncer muy grave, a comienzos de los años setenta.
“Se produjo en mí un cambio que creo es irreversible. De repente dejaron de tener importancia cuestiones relacionadas con el prestigio, el éxito político, el nivel económico. Durante las horas inmediatamente posteriores a que me dijeran que tenía cáncer no pensé ni por un momento en mi escaño en el Senado, ni en mi cuenta bancaria ni en el destino del mundo libre… Desde que me diagnosticaron la enfermedad, mi mujer y yo no hemos vuelto a tener una discusión. Antes la reñía por apretar el tubo de pasta de dientes por la parte de arriba en lugar de por abajo, o por no ocuparse satisfactoriamente de saciar mi exigente apetito, o por elaborar listas de invitados sin consultarme previamente, o por gastar demasiado en ropa. Hoy ni me fijo en esas cosas, o me parecen irrelevantes [...]. Las ha sustituido una nueva percepción de todo aquello que antes daba por hecho: salir a comer con un amigo, acariciarle las orejas a Muffet y escuchar su ronroneo, contar con la compañía de mi mujer, leer un libro o una revista bajo el sereno cono de luz de la lámpara de mi mesilla de noche, asaltar la nevera por un vaso de zumo de naranja o un trozo de pastel de moca. Creo que por primera vez estoy realmente saboreando la vida. Me doy cuenta finalmente de que no soy inmortal. Me estremezco de pensar en todas las ocasiones en que malgasté mi propio ser, aun encontrándome en plena forma física, por orgullo mal entendido, por valores equivocados o por afrentas imaginarias.”»
David Servan-Schreiber, Anti Cáncer. Una nueva forma de vida, Espasa Calpe, Madrid, 2008, pág. 47-48.